“Pensé que no iba a poder, pero lo logré y estoy feliz”

Tenía tres años cuando su abuela le dijo que mirara por la ventanilla del avión. No se lo olvida más. Desde ese momento, empezó a tenerle fobia a las alturas. Hizo terapia y de a poco pudo controlar el miedo, pero nunca más logró subirse a un avión. Ésta es la historia de Paula Monzón, de 23 años, que luchó contra viento y marea para volar a Bolivia, al casamiento de un primo de su novio.

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“No sé cómo empezar, nunca hablé a un grupo así para pedir ayuda”, fue lo primero que escribió en un mensaje privado de Facebook a Miedo a los Aviones. “La semana que viene tengo dos viajes en avión, cortos, uno de una hora y otro de tres horas y media. Estoy muy ansiosa y nerviosa”, confesó.
Y no es que su familia no la entendiera: “todo el mundo me quiere consolar, pero yo cada vez que pienso en subirme a un avión, termino llorando”, escribió.

“Quiero hacer todo lo posible para no pensar en nada malo”

Las palabras de Paula podrían salir de la boca de la mayoría de los que sufrimos miedo a los aviones. El principal enemigo, en realidad, no es el avión, ni las nubes ni las turbulencias: son nuestros pensamientos que nos acosan uno detrás de otro. “¿Por qué tiene esa cara la azafata?” O “El piloto no se presentó, seguro que está deprimido y entonces va a hacer algo mal”, son algunas de las frases que nos torturan en los vuelos.
Unos días antes del viaje, el miedo volvió a hacer de las suyas. Y entonces nos escribió: “El segundo avión es muy chico, ¿será más peligroso?” Era un Bombardier CRJ 200, de la aerolínea Amaszonas, que volaría de La Paz a Santa Cruz.
Con esa línea aérea, en ese avión y con ese trayecto, las posibilidades de tener un accidente, según la app “Am I going down” es de 1 en 3.958.315. De hecho, el algoritmo estimó que ella debería hacer el mismo trayecto durante todos los días de su vida durante 10.844 años para que ahí sí, el avión tuviera la posibilidad de caerse.
Le enviamos ese resultado y prometió ponerlo de protector de pantalla para tenerlo siempre presente.

Testimonio: “Quería conocer Europa y para eso tenía que subirme a un avión”

Hasta que llegó el gran día: el vuelo era a las 8.30 AM. Unas horas más tarde, nos llegó una foto de Paula en el avión, con un mensaje: “Llorando pero pude”. Y una sonrisa se dibujó en la cara de todos los que estamos haciendo Miedo a los Aviones.
“Pensé que no iba a poder”, se sinceró Paula, unos días después. En el aeropuerto había sufrido una crisis de nervios y tuvo que llamar a sus padres para que la tranquilizaran. Así y todo, subió llorando al avión y hasta que despegó se sintió mal, nerviosa. Se puso los auriculares y subió el volumen de la música, para no escuchar los ruidos del avión durante el despegue. “Le dejé la mano morada a mi novio”, nos contó. Ya cuando el avión se estabilizó, pudo empezar a relajarse. “Mi novio me ayudó muchísimo, me hablaba, jugamos a la batalla naval y me hizo reír durante todo el viaje”.
El vuelo fue bastante tranquilo, con turbluencias leves. “Yo trataba de imaginarme que íbamos por la calle y que había pozos en el camino. Así pude ir alejando los malos pensamientos”.

La vuelta: con compañía y algunos rayos

El regreso no fue fácil: le tocó un día de tormenta eléctrica, con turbulencia fuerte. Pero al volver acompañada de la familia de su novio, pudo distraerse y relajarse. Salvo en el momento de subir al avión. “A la vuelta también me ayudó mucho mi novio. A él le encanta viajar en avión y mirar por la ventana; pero la dejó cerrada para que yo estuviera más tranquila”.

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Ahora continúa con su vida habitual, como estudiante de obstetricia (partera). En poco tiempo, seguramente será ella la que tomará la mano de alguien que tiene miedo, no de volar, sino de entrar a la sala de partos. En definitiva, qué es la vida sino una cadena de manos que se agarran para darnos fuerza.

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