“En el despegue me paralicé, no podía mover las manos»

Lucía Rivas había planeado tomar un medicamento para dormir, pero finalmente tomó algo más natural: unas gotas de Valeriana. Estaba por emprender un viaje a Europa y Asia de más de 2 meses y se sentía muy ansiosa de solo pensar en la cantidad de horas que iba a estar en un avión.

Desde el primer vuelo que tomó, siguió siempre una cábala: viajar con sus peluches. “Creo que él no tiene tanto miedo como yo”, nos escribió por privado, haciendo referencia al león de peluche que ubica en su asiento o si el de al lado está vacío, lo pone junto a ella.

 

En total visitó 5 países: estuvo en París, Roma, Amsterdam, Vietnam y Hong Hong.

Antes de cada vuelo, acostumbra chequear su nivel de ansiedad en su Smartphone. “A París llegué llorando, pero llegué. Si Dios lo permite en unos días salgo para Roma y luego a Hong Kong”, relató.

“Viví con muchísimo miedo el despegue del vuelo a Amsterdam. Directamente me paralicé, no podía mover las manos. Fue horrible. Llegué a hacer la prueba que me dijeron de observar si se mueve el líquido en un vaso, pero estaba tan paralizada que no pude filmarlo”.

«Congelarse o frizarse es una inhibición del comportamiento acompañada por una desaceleración del ritmo cardíaco que surge en las personas para lidiar con situaciones que provocan estrés», define la Dra. Karin Roelof, del Donders Institute for Brain Cognition and Behaviour and Behavioural Science Institute, (Universidad Radboud Nijmegen), en Países Bajos (2017).

“Los lugares que estoy conociendo son imposibles de describir”, agregó. Y compartió algunas fotos.

¿Cuál fue el lugar que más le gustó? Vietnam.

“No pude subirme a la Torre Eiffel porque detesto las alturas. Sin embargo, en Hong Kong pude subirme a la terraza de un edificio de más de 60 pisos. Pero no pude quedarme mucho tiempo, era impresionante”, nos contó Lucía, que es de Venezuela.

Ahora, ya de regreso en su casa, espera poder hacer el curso online –que lanzaremos próximamente- para que el próximo viaje sea diferente.

“El viaje fue muy lindo, pero lo viví con mucho susto. Todavía sigo teniendo pavor, por eso quiero hacer el curso para no sentir nunca más lo mismo. Es algo que no me explico”.

Y sí, así es el miedo a volar. Algunos se sientan en su asiento y se ponen tranquilamente a leer un libro; otros duermen todo el viaje y otros, en cambio, están pendientes de cada movimiento brusco o de cada gesto de los tripulantes. Como dicen los psicólogos aeronáuticos: no hay que olvidarse nunca que el objetivo es volar. Si además podemos volar con menos ansiedad, será un doble logro, para los que vuelan a pesar del miedo.

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