Se me acabaron las excusas

Por 15 largos años, sólo pisé un aeropuerto para ir a despedir a alguien. Pero fueron muy pocas las veces ya que pasar las puertas automáticas ya me daba taquicardia. Pensaba: «pobre, gente, en un rato ya van a tener que subir al avión». Lo mismo cuando una amiga viajaba: el día que volvía ya empezaba a mirar el pronóstico para saber si le tocaba aterrizar con tormenta o con cielo celeste».

Yo había viajado algunas veces. A los 13, cuando viajé por primera vez a Estados Unidos, tuve una migraña en pleno vuelo. Perdí visión lateral y no sentía las manos. Posiblemente fue eso lo que hizo que le tomara miedo a los aviones. También mi ambición por saber todo. Aunque leí  mucho material y vi todos los videos que tenía que ver de pilotos felices aterrizando, sigo preguntándome «cómo es que un avión puede volar».

En 2008, se me terminaron las excusas. Mi esposo consiguió sacar un pasaje con puntos de la tarjeta de crédito a Nueva York, ciudad que por supuesto no conocía, y me intimó: «O hacés algo para animarte a volar o viajo solo». Y entonces me decidí a..hacer algo. Hice una investigación puntillosa y encontré a la Lic. Adriana Aróstegui, que lideraba los cursos de «Alas y raíces». Fui a varias sesiones con ella y también a una sesión grupal, donde subimos a un simulador.

Y pude viajar. Y volar. Y soñar con conocer el mundo que me había estado perdiendo.

 

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