“Rechacé una invitación a Cancún por mi miedo a volar”

De chica, su mejor programa era ir con su papá al aeropuerto de Córdoba, donde vive, a ver los aviones. “Me fascinaba  ver cómo despegaban y se perdían en el cielo; también verlos aterrizar; hoy siento lo mismo”, relata Nancy Caparrós, de 53 años.

Voló muchas veces. Pero empezó a darse cuenta de que el placer que sentía al ver los aviones desde abajo, lo perdía al subir. De hecho, se mareaba y sufría ansiedad principalmente en el despegue y aterrizaje.

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“Controlaba todo: la cara de las azafatas, si había algún sonido extraño, miraba las alas para ver si se movían los flaps, ni que hablar si había turbulencias”, relató Nancy. “Estaba pendiente y atenta a todo. Quería disfrutarlo y no podía”.

Hasta que pasó lo que a muchos que sufren de aerofobia: decidió dejar de volar. Incluso, rechazó invitaciones, por ejemplo al Caribe. “Cada vez que rechazaba una invitación me ponía a averiguar si había una forma alternativa de llegar; sentía que tenía que hacer algo para sobreponerme a esta fobia”.

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La respuesta llegó en 2016. “En el lugar donde practico yoga se organizó un viaje para ir a hacer yoga a la playa en Salvador de Bahía, Brasil, ya lo habían hecho otros años. Pero esta vez me anoté. No sabía cómo iba a hacer, pero decidí ir”, explicó esta mujer que no quiso darse por vencida.

Según nos contó, fue fundamental el apoyo de sus compañeros, que le aseguraron que la iban a ayudar. “Eso me hizo sentir muy contenida, en caso de que me sintiera mal en el viaje”.

La profesora de yoga le sugirió ver a un terapeuta especializado en fobias y que aplica diferentes técnicas. “Fui a tres sesiones con el terapeuta Tomás Serafini, que tiene consultorio en el Barrio Urca, en Córdoba. Vimos videos de despegues, vuelos y aterrizajes. Hablamos con un piloto que compartió información del avión, los ruidos, las turbulencias. Cuando tenía que imaginar todas las etapas previas del vuelo y estando dentro del avión, aparecían los nervios y los miedos. Pero lo que más me di cuenta es que lo que yo siento es que pierdo el control, por no ver por dónde va el avión”, recuerda Nancy, que asegura que se siente mejor si se sienta junto a la ventanilla.

“Y llegó el día. Yo no sabía si lo soportaría. Me indicaron ansiolíticos y un medicamento para el vértigo, pero en el momento de embarcar me puse nerviosa. Tomé nuevamente la medicación y luego embarcamos. En el despegué, sentí mareo y muchos nervios. Al empezar el descenso de nuevo sentí mucho mareo. Lo peor, es que hicimos escala, así que a las tres horas tuve que volver a atravesar todo de nuevo”.

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Pero esta vez,  la experiencia fue totalmente diferente: al despegar se agarró de la mano de una compañera que le propuso rezar juntas. También, empezó a hacer ejercicios de respiración, hasta que el avión se estabilizó. “Pude levantarme al baño y me sentía mucho más tranquila”, recordó.

A su regreso, el viaje también fue más relajado. Aún cuando hubo turbulencias. “Le agarré la pierna a una amiga y casi le dejo moretones”. Y casi como un premio al esfuerzo, llegó el último tramo: San Pablo – Buenos Aires. “El vuelo fue muy tranquilo, hasta pude dormir”, compartió con Miedo a los Aviones Nancy Caparrós, que reconoce que quiere seguir trabajando el tema para viajar cada vez más tranquila.

Ahora asegura que si la invitan a otro viaje, ella dirá que “sí”. Pero le gustaría de a poco ir superando la fobia para volver a sentir la misma emoción y alegría que sentía de chica, cada vez que iba con su padre al aeropuerto a ver los aviones.

¿Te animás a enviarnos tu testimonio? 

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